jueves, 30 de abril de 2026

EL CABALLERO DE GONGORA CAPITULO I

 

I

año 2.026 d.C.

Cada piedra del castillo guardaba una historia silenciosa, minuciosa, casi obstinada. Su vida no empezaba en aquellos muros, sino mucho antes, cuando aún formaba parte indivisa de la montaña, adherida a la roca madre tras siglos —quizá milenios— de reposo inmóvil. Después llegaba el primer golpe de pico, un chasquido seco que rompía de una vez la quietud de edades enteras. Arrancada, al fin, del seno de la tierra, la piedra descendía entre polvo y ecos, iniciando una existencia nueva, expuesta al sol y al viento.

Luego venían el corte minucioso, el cincelado paciente en manos del cantero, que dejaba sobre su superficie la huella de cada jornada de trabajo: pequeñas cicatrices, pulidos imperceptibles, marcas casi invisibles que, sin embargo, contaban el cansancio de los músculos, el sudor en la frente, las tardes que se alargaban más allá de la luz.

Por último, el maestro constructor la tomaba entre sus manos endurecidas y escogía el lugar exacto donde encajarla, como si se tratara de una pieza insustituible en un inmenso rompecabezas de piedra. Con un gesto firme y medido, la asentaba sobre la argamasa fresca, sellando allí su destino. Desde ese preciso punto del muro, aquella piedra había resistido vientos cortantes, lluvias pertinaces, nevadas pesadas y soles abrasadores durante más de un milenio, soportando en silencio el peso de la historia, de los pasos, de las miradas.

A Aritz le fascinaba aquella construcción medieval del siglo XI. No se trataba de una admiración superficial ni pasajera, de esas que se agotan en un par de fotografías y un comentario rápido; era una especie de reverencia íntima, casi devota, que le nacía en el pecho cada vez que cruzaba la entrada. Era su segundo año como director de restauración y todavía no había conseguido acostumbrarse a la emoción que le producía cada rincón del recinto.

Caminaba despacio, como si temiera alterar el ritmo propio del lugar, con las manos a menudo rozando las piedras, dejando que la yema de los dedos siguiera las rugosidades, los arañazos, las grietas. A veces tenía la impresión irracional de que, al tocarlas, podía escuchar mejor las historias que murmuraban, como si cada bloque le hablara en un susurro antiguo solo para él.

No era un edificio ostentoso —ni remotamente comparable con los palacios fastuosos que, siglos después, proliferarían con la llegada del Renacimiento—; sin embargo, precisamente esa sobriedad y su marcado carácter defensivo le conferían un aire épico, duro y noble. Había en sus muros una austeridad que no necesitaba adornos, una dignidad nacida del puro hecho de haber resistido.

        Ese aspecto le evocaba escenas de novelas como «Ivanhoe» o poemas antiguos como el «Cantar de mio Cid». Cuando alzaba la vista hacia las torres, podía imaginar pendones ondeando al viento frío de la sierra, caballos resoplando en el patio, el rumor de armaduras en movimiento y voces de mando rasgando el aire. Veía, en su mente, el destello del metal, el golpe de los cascos sobre el empedrado, las sombras alargadas de los soldados al amanecer.

Con todo, el castillo también era un testimonio elocuente de decadencia. Como había ocurrido con la mayoría de aquellas edificaciones, el transcurso de los siglos fue dejando obsoleta su utilidad, desgastando su sentido práctico incluso antes que sus piedras. En Góngora se levantó un nuevo palacio en el siglo XV, más acorde con los tiempos, más cómodo, de corte renacentista, con amplias ventanas y salones luminosos, que se convirtió en la residencia habitual de los señores.

El antiguo castillo, antaño corazón del poder y la defensa, quedó entonces relegado; primero, ligeramente abandonado; después, destinado a usos secundarios y cada vez más marginales, como si su grandeza anterior se hubiese vuelto de repente prescindible, un recuerdo incómodo de una época áspera que ya nadie quería habitar.

El viejo palacio medieval, con sus anchos muros y sus altas torres recortadas contra el cielo cambiante, perdió poco a poco su valor estratégico conforme las fronteras del Reino de Pamplona se ampliaron y dieron lugar al Reino de Navarra. Más tarde, fue absorbido por la Corona de Castilla y, en un período posterior, quedó definitivamente integrado en el Reino de España tras la unión de este con la Corona de Aragón.

Cada cambio político, cada reconfiguración del mapa, cada tratado y cada guerra concluida habían restado sentido a aquellas defensas de piedra que todavía alzaban la barbilla frente al horizonte. Dejó de ser un enclave esencial para la protección de la Cuenca de Pamplona, tanto frente a posibles incursiones árabes como ante los posteriores enfrentamientos entre navarros y aragoneses.

Lo que antes había sido un bastión indispensable se transformó paulatinamente en un lugar de recreo, en residencia ocasional de temporada, un escenario silencioso donde ya no tronaba el fragor de la batalla, sino apenas el murmullo de conversaciones cortesanas, el chasquido de una hoguera encendida por puro confort y el crujido de las hojas secas en otoño, barridas por un viento indiferente.

No obstante, el golpe más devastador, el que dejó la obra del siglo XI al borde de la ruina, no fue una guerra ni un asedio, sino algo mucho más frío y silencioso: la industrialización. La llegada de nuevas máquinas agrícolas, el auge de las fábricas y la promesa de un salario estable en las ciudades impulsaron una migración masiva del campo hacia los núcleos urbanos.

Pamplona creció, se expandió, se llenó de barrios nuevos; el humo de las chimeneas modernas sustituyó poco a poco al de los hogares rurales, mientras pueblos como Góngora iban perdiendo gran parte de su población casi sin darse cuenta, casa a casa, generación tras generación. Con la gente se marchaban también las manos que reparaban los tejados, que desbrozaban caminos, que apuntalaban muros, que encendían lumbres al caer la noche.

El abandono se convirtió en una especie de hiedra invisible que se aferró a las viejas construcciones; sin ese cuidado cotidiano, casi imperceptible, las casas y los palacios fueron cediendo a la humedad, a las filtraciones, al peso del tiempo acumulado, hasta quedar reducidos prácticamente a esqueletos de piedra, vacíos por dentro, con los techos hundidos y las vigas podridas.

Por fortuna para el castillo, la Sociedad de Ciencias Aranzadi, con sede en San Sebastián, se interesó por su recuperación en el momento justo, cuando aún había algo que salvar. Aritz sentía una sincera gratitud hacia aquella institución cada vez que contemplaba un arco consolidado o un lienzo de muralla reforzado con discreción. Le bastaba apoyar la mano en una zona intervenida para notar, además del frío de la piedra, la calidez de las horas de trabajo invertidas allí.

Gracias al apoyo financiero —principalmente del Ayuntamiento del Valle de Aranguren y del Gobierno de Navarra—, se promovieron varios proyectos de reconstrucción mediante talleres de cantería y carpintería. En aquellos talleres, jóvenes aprendices y veteranos artesanos devolvían a la piedra y a la madera un lenguaje antiguo: el de las manos que repiten gestos capaces de cruzar los siglos, el ritmo acompasado del martillo, el olor a serrín y cal, las conversaciones a medias en euskera, a medias en castellano, flotando sobre los andamios.

Hoy, el pueblo de Góngora permanece deshabitado. El silencio que lo recorre no es solo ausencia de ruido, sino una presencia densa, casi material, que se posa sobre las cosas. Las casas vacías, con puertas entornadas o definitivamente caídas; las ventanas, como ojos ciegos; las calles silenciosas incluso a pleno sol, le conceden un aire fantasmal, de lugar suspendido fuera del tiempo.

La última familia que vivió allí fue la de los Torres, aparceros contratados por el propietario, encargados de cultivar la fértil tierra del antiguo marquesado. Durante años habían mantenido vivo aquel lugar con el ruido de los aperos al amanecer, con el balido del ganado al regresar al corral, con las voces infantiles rebotando entre las fachadas.

Cuando Luis Torres se jubiló, la familia se trasladó a la ciudad, buscando servicios, médicos, colegios, y el pueblo quedó vacío tras más de mil años de ocupación ininterrumpida. Aritz no podía evitar estremecerse cada vez que pensaba en esa línea temporal tan prolongada, un hilo que unía generaciones y generaciones, roto al fin por el simple peso de la modernidad y unas cuantas decisiones prácticas.

La falta de inversión y de mantenimiento por parte del anterior propietario había facilitado que la maleza se adueñara tanto del castillo como de las casas cercanas. Las zarzas trepaban por los muros como si quisieran reclamar para sí aquella altura, la hiedra se abría paso entre las grietas con una paciencia obstinada y las raíces de los árboles levantaban lentamente las piedras del pavimento, desordenando lo que antaño fue recto y medido.

El deterioro estructural se hizo cada vez más acusado, provocando, en ocasiones, derrumbes parciales que dejaban al descubierto interiores antaño protegidos: restos de chimeneas, tramos de escaleras que no llevaban a ninguna parte, fragmentos de suelos con baldosas sueltas. Al revisar las primeras fotografías del archivo de Aranzadi, tomadas antes de la intervención, Aritz no pudo menos que admirar la valiosa labor de reconstrucción realizada en los últimos años.

Lo impresionaba ver la diferencia: arcos colapsados que ahora se alzaban de nuevo con una solidez serena, muros recompuestos piedra a piedra con paciencia casi monacal. Aunque se había restaurado gran parte del aspecto original, aún quedaba mucho por hacer, y esa certeza lo llenaba a la vez de responsabilidad y de un entusiasmo casi infantil, una especie de alegría secreta ante la magnitud de la tarea.

Su lugar favorito era el patio de armas —situado en el centro del recinto—, desde el cual la estructura y la belleza general del edificio se ofrecían en toda su magnitud, como si el castillo se mostrara al fin tal y como deseaba ser visto. Aquel patio era, para él, un corazón abierto. El viento corría por ese espacio, juguetón o cortante según la estación, arrastrando a veces hojas secas, polvo fino o el eco lejano de algún pájaro que cruzaba el cielo gris. El sonido de sus propios pasos sobre la piedra le parecía allí más nítido, más real.

Se accedía al patio por la puerta principal, un arco de medio punto tallado en sillería, gastado por el roce de los siglos. Sobre él descansaba el erosionado emblema de Góngora: un escudo de azur con tres fajas cargadas con nueve lobos de sable. En los días de luz oblicua, cuando el sol se inclinaba y el aire parecía volverse ámbar, las sombras marcaban ligeramente el contorno de las figuras, y Aritz se quedaba absorto mirando aquellos lobos casi borrados, tratando de adivinar sus formas originales, preguntándose cuántas miradas habrían reparado en ellos antes que él, cuántos hombres y mujeres habrían pasado bajo ese mismo arco pensando en cosas tan distintas de las suyas.

Nada más franquearlo, a mano derecha, se encontraba la antigua armería. Hoy solo quedaban las paredes desnudas de piedra, la techumbre reconstruida con vigas nuevas que imitaban el trazado antiguo y un olor a humedad mezclado con polvo viejo. Aritz, sin embargo, la veía de otro modo. La mente, entrenada por años de lecturas y trabajo de campo, se encargaba de rellenar los vacíos.

Imaginaba aquellos muros recubiertos de armas brillando a la luz temblorosa de las antorchas: espadas alineadas por tamaños, ballestas colgadas de ganchos de hierro, arcos apoyados en esquineras de madera, lanzas dispuestas en formación vertical, como un pequeño bosque ordenado. Reconstruía mentalmente a los caballeros ajustándose las cotas de malla, con el entrechocar metálico de los anillos entrelazados marcando un ritmo grave; los veía probando el peso de sus espadas, moviendo la muñeca con gesto experto, respirando hondo antes de elegir las armas que mejor dominaban, mientras un rumor tenso recorría la estancia, mezcla de miedo, excitación y camaradería, prestos a entrar en combate contra árabes o aragoneses, según el siglo.

Instintivamente, como llevado por un impulso antiguo que no necesitaba explicación racional, apoyó la mano sobre el dintel que comunicaba la armería con el patio. La piedra, fría al tacto, pareció vibrar durante un instante, como si respondiera a ese contacto con un leve despertar.

Unos perturbadores silbidos resonaron de pronto en sus oídos, primero muy lejanos, como un susurro de viento entre grietas; luego, cada vez más nítidos, hasta convertirse en un zumbido insistente, como si el aire mismo hubiera encontrado un nuevo camino para colarse en su cabeza. La luz del patio se desdibujó, los contornos se volvieron borrosos, y la imagen se transformó con una suavidad inquietante, como cuando se pasa de una diapositiva a otra sin previo aviso.

Ante él apareció un patio empedrado, vivo, sólido, sin grietas ni derrumbes, iluminado por una claridad distinta, más dura, casi blanca. El aire olía a sudor, cuero y hierro, un olor denso, físico, que parecía llenar los pulmones con una mezcla de esfuerzo y peligro. Se oía el lejano relincho de un caballo, el choque metálico de algo que caía sobre la piedra.

Un chiquillo de no más de seis años, con el cabello despeinado pegado a la frente por el sudor y las mejillas enrojecidas por el esfuerzo, blandía una espada casi demasiado grande para sus manos diminutas. La hoja pesaba más de lo que él podía manejar con soltura, pero la sujetaba con una obstinación que le tensaba los músculos de los brazos. Avanzaba hacia un hombre alto y robusto, ya entrado en canas, que lo miraba con atención, sin rastro de burla ni condescendencia. El niño intentaba embestirlo con una determinación que no se correspondía con su pequeño cuerpo, mientras el acero relucía al moverse, reflejando breves destellos de sol.

Una estocada firme del anciano desvió la hoja del muchacho con autoridad. El movimiento fue limpio, sin esfuerzo aparente, como el de alguien que ha repetido ese gesto miles de veces. El impacto fue más fuerte de lo que el niño esperaba y lo hizo retroceder dos pasos torpes, hasta perder el equilibrio y caer al suelo de espaldas. El golpe resonó contra la piedra con un ruido sordo que pareció amplificarse en el pecho de Aritz, arrancándole al pequeño el aire de los pulmones. Un par de motas de polvo se arremolinaron delante de sus ojos, flotando en la luz.

El viejo lo contempló con firmeza, sin prisa, sin el menor gesto de impaciencia. No dio un paso hacia él de inmediato. Se limitó a observar cómo el zagal, aún aturdido, alargaba la mano para recoger la espada que se le había resbalado de los dedos en el impacto. Los dedos, entumecidos, temblaban un poco mientras cerraban el puño en torno al mango. Con torpe dignidad, el niño se puso en pie, apoyando primero una rodilla, luego la otra mano, apretando los labios para no soltar un quejido que amenazaba con escapársele del pecho. La sangre manaba en pequeños hilos vivos de los rasguños que la empuñadura le había provocado en las palmas, manchándole la piel de un rojo brillante.

No emitió quejido alguno, aunque con la caída se le había escapado una lágrima que, terca, se había quedado a mitad de camino por la mejilla, detenida como si dudara entre bajar o secarse sola con el calor del rostro. El hombre se acercó despacio y, con un gesto sorprendentemente delicado para su corpulencia y sus manos grandes, retiró con el pulgar aquel pequeño diamante de sal, borrando el rastro húmedo sin apartar en ningún momento la vista de los ojos del niño. En esa mirada se mezclaban el orgullo, la exigencia, una ternura contenida que no necesitaba palabras y cierta preocupación silenciosa por la fragilidad de aquel cuerpo que algún día tendría que enfrentarse a peligros reales.

—El dolor forma parte de esta vida, pequeño —le dijo con una voz grave, algo ronca, que sonó más a enseñanza que a consuelo—, pero lo has soportado con el valor de un verdadero guerrero.

La frase quedó suspendida unos instantes entre ambos, como si el aire mismo se espesara para retenerla. El niño respiró hondo, como si absorbiera aquellas palabras y las grabara a fuego en algún lugar secreto de su memoria. Un leve brillo de determinación encendió sus ojos.

El hombre le ordenó que arrojara la espada al suelo. El chico obedeció al instante, sin discutir, dejando caer el arma con un sonido metálico que rebotó en las paredes del patio y pareció alejarse en ecos sucesivos.

Entonces el anciano lo alzó contra su pecho con un gesto seguro, natural, como quien ha cargado a ese niño decenas de veces cuando era un bebé, y lo abrazó con fuerza. Sus brazos, que tantas veces habían empuñado armas, se cerraron ahora en torno a un cuerpo frágil, protegiéndolo del mundo por un segundo. Besó la cabeza del pequeño con lentitud, hundiendo la nariz en su cabello sudado, manteniéndolo un instante más de lo necesario, como si quisiera transmitirle, a través de ese contacto, algo más que disciplina: una promesa muda de protección y pertenencia, la certeza de que, pese a los golpes, no estaba solo.

El ruido brusco de un todoterreno irrumpió de repente, como un trueno moderno quebrando un sueño, y devolvió a Aritz al presente. El silbido en sus oídos se apagó, la imagen del patio empedrado se disolvió como niebla al sol, y su conciencia regresó al castillo vacío, a las paredes peladas, al olor a polvo frío.

Parpadeó varias veces, como si necesitara reajustar el enfoque de sus propios ojos, y se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Notó el latido acelerado en el cuello, un leve cosquilleo en las sienes y la mano aún apoyada sobre la piedra del dintel, un poco entumecida, como si hubiera absorbido parte de aquel viaje.

No era la primera vez que experimentaba esos «viajes en el tiempo», como había empezado a llamarlos en su fuero interno, con una mezcla de incredulidad, temor y resignación. El verano anterior, mientras ascendía el monte Irulegi, había sentido exactamente la misma impresión al tocar unas piedras del camino: un ligero mareo, un zumbido en los oídos, la fugaz sensación de estar en dos lugares a la vez, de tener los pies sobre un camino y, al mismo tiempo, sobre otro suelo más antiguo.

En aquella ocasión, la visión le mostró una empalizada que cerraba el paso del sendero, vigas de madera encajadas de modo tosco pero firme, y, junto a ella, a quien ahora era su novia, Amaia, vestida con un antiguo traje rojo de lana que se ceñía a su figura con un corte sencillo y un zurrón de piel colgándole del hombro. El viento jugueteaba con algunos mechones sueltos de su cabello, enmarcando su rostro, y en sus ojos —los mismos ojos verdes que conocía ahora— brillaba una determinación tranquila, una serenidad anclada en algo más profundo que la circunstancia del momento.

Amaia había sufrido otras visiones semejantes durante aquella campaña. «vestigios de una vida anterior», decidieron llamarlas, riendo al principio, tomándolo casi como un juego privado, como una broma íntima que compartían, pero poniendo, con el tiempo, en ese nombre una seriedad cada vez mayor. Para ellos eran algo más que simples ensoñaciones: fragmentos, destellos sueltos de un pasado en el que ella había sido curandera en una aldea vascona del siglo I a. C., y él, un joven de ese poblado de montaña.

Recordaban olores —hierbas secas, humo, lana mojada—, texturas, fragmentos de conversaciones nunca oídas en esta vida, pero que les llegaban con una familiaridad inquietante. Ambos discutieron la posibilidad de haber compartido una existencia anterior y, aunque la razón les dictaba prudencia, quizá eso explicaba, al menos para sus corazones, la poderosa atracción que sintieron desde el primer encuentro, esa certeza extraña e inmediata de conocerse de antes, de reencontrarse más que de coincidir.

A sus veintinueve años, aquella era su primera relación seria. Cuando lo pensaba con calma, esa constatación le resultaba casi ridícula y, al mismo tiempo, profundamente coherente con lo que había sido su vida. Hasta entonces se había limitado a encadenar romances fugaces que nunca pasaban de los tres meses. Era como si hubiera tenido un reloj interno que, al acercarse a ese límite, empezara a marcar el final con una insistencia irritante.

Se consideraba un espíritu libre y, aunque se entregaba con intensidad al amor mientras duraba, con una pasión casi teatral, le resultaba inconcebible la idea de un «para siempre». Jamás había pensado seriamente en la posibilidad de una pareja estable, y mucho menos en compartir techo, armario y desayunos de domingo con alguien. Solía justificarlo alegando argumentos biológicos: recordaba, con una precisión casi pedante, cómo muchas especies animales —incluidos los simios— no practicaban la monogamia. A veces utilizaba ese dato como escudo, una forma de revestir de racionalidad algo que, en el fondo, era miedo a atarse, a perderse en otro, a descubrirse vulnerable en exceso.

Su abuelo paterno, con quien había vivido desde siempre, sonreía con paciencia cada vez que lo escuchaba hablar así, apoyado en el respaldo de la silla, con las manos entrelazadas sobre el vientre. Le repetía, con esa seguridad tranquila propia de quien ha visto muchas vidas pasar y muchos discursos derrumbarse, que todo eso cambiaría cuando encontrara a la mujer adecuada.

Aritz respondía con ironías, levantando una ceja, riéndose de la «sabiduría de abuelo», pero aquellas palabras se le quedaron grabadas más hondo de lo que quería admitir. Y así ocurrió. Desde el instante en que, al ayudar a Amaia a levantarse tras tropezar en la ascensión al Irulegi, tomó su mano y la miró a esos ojos verdes, sintió algo diferente, como si una pieza que llevaba años suelta hubiera encontrado al fin su hueco.

Fue entonces cuando percibió, con una nitidez casi dolorosa, que ella era la mujer que su abuelo había pronosticado, el alma gemela con la que, por primera vez, no le importaría compartir el resto de su vida, con todo lo que eso implicaba.

Quizás ese miedo al compromiso fuera consecuencia de su propio pasado. Según le había contado Igor, su abuelo, Aritz fue fruto de un desliz juvenil de su padre. Al parecer, un amigo de la universidad había invitado a Sancho a pasar unas semanas en un pequeño pueblo guipuzcoano tras anunciar su compromiso matrimonial. Aritz se imaginaba aquel verano: las tardes largas, el vino barato en vasos gruesos, la música lejana, cierto aire de despedida de la juventud flotando en las conversaciones.

Allí, en aquel ambiente suspendido entre la responsabilidad que llegaba y la libertad que se despedía, conoció a su madre biológica, con quien mantuvo una relación intensa y breve durante el verano, una historia de calor y promesas vagamente formuladas. Tres meses después, la joven apareció en casa de los abuelos anunciando el embarazo. La abuela Ainara, orgullosa y temerosa a la vez, la obligó a marcharse, negando con una firmeza furiosa que el niño pudiera ser del hijo de la familia. No quería manchas en la reputación ni alteraciones en el plan trazado para el futuro.

No obstante, el abuelo quiso saber la verdad y, pese a la oposición de su esposa, habló con el padre de Aritz, quien, al enterarse, trató de anular el compromiso y acudir a buscar a la joven. Igor le explicó a su nieto que la presión de Ainara —alegando que la situación económica de la familia podía peligrar, que los negocios, las relaciones sociales, todo el delicado equilibrio de su mundo se vendría abajo si su hijo no se casaba con su prometida, Alejandra— había sido decisiva.

Bajo esa amenaza, las obligaciones familiares, el peso de las expectativas y del qué dirán terminaron por imponerse sobre los deseos personales de su padre. Aritz imaginaba la lucha íntima de aquel hombre joven, dividido entre la culpa, el amor incipiente y el miedo a defraudar a los suyos, y sentía un amargo nudo en la garganta que mezclaba compasión y rabia.

En su afán por evitar que su hijo cargara para siempre con la culpa de haber dejado a un niño sin padre, Igor ofreció a la madre biológica cuidar de él y responsabilizarse de su educación. Aritz nunca llegó a comprender del todo por qué aquella mujer aceptó. Había imaginado muchas veces el momento de la decisión: una joven asustada, sola, quizá en una habitación pequeña, tratando de calcular qué era lo menos dañino para el niño y para ella misma; sopesando sus recursos, su futuro, la mirada del pueblo.

Lo cierto es que él fue criado por su abuelo, y esa realidad, con el tiempo, se convirtió en su único terreno firme, en la base estable sobre la que construyó su vida.

Apenas recordaba a la abuela Ainara, que había muerto cuando él tenía dos años. Sus recuerdos eran más bien destellos imprecisos: un perfume leve que asociaba con flores marchitas, un pañuelo floreado sobre el respaldo de una silla, una voz difusa que tal vez era suya o tal vez un eco inventado.

En cambio, tenía grabadas en la memoria las frecuentes visitas de su padre a la casa de Igor. Ver a padre e hijo era como toparse con la misma persona en dos momentos distintos de una misma vida, separados por veinte años de experiencias. El cabello rubio encrespado, los ojos azul oscuro, la nariz alargada y los labios finos delataban de inmediato el indudable parentesco entre ambos. Aritz sentía una mezcla de extrañeza y reconocimiento cada vez que se veía reflejado en aquel hombre que, sin embargo, durante su niñez, nunca había vivido bajo el mismo techo que él. Era como mirarse en un espejo que devolvía una versión futura y, a la vez, ajena de sí mismo.

Aunque Aritz siempre consideró a su abuelo su verdadero padre, jamás reprochó a Sancho que no hubiera actuado como tal. Tal vez porque había crecido viendo en él un visitante afectuoso más que una figura de autoridad, o quizá porque Igor nunca le inculcó el rencor. Cuando cumplió doce años, Igor le reveló toda la verdad. Le ofreció también la oportunidad de conocer a su madre biológica. Aritz declinó esta última propuesta sin necesidad de pensarlo demasiado. Le resultaba imposible integrar en su vida presente a quien lo había entregado siendo un bebé; la sola idea le producía una incomodidad profunda, como si le pidieran reescribir su propia historia desde el principio.

Su biografía, tal y como la entendía, empezaba con Igor. En cambio, su relación con Sancho mejoró con el tiempo. Empezó a pasar más horas con él y su familia y, durante las vacaciones escolares, se alojaba en la casa de su padre junto a su madrastra y a un hermano recién descubierto, dos años menor que él.

La relación con ese hermano, Peio, era buena, natural, espontánea, aunque podría haber sido mucho mejor si la madrastra, Alejandra, no hubiera intentado, de manera sutil pero constante, distanciarlos. Ella enviaba a su propio hijo a campamentos y cursos en el extranjero que ocupaban casi todo el tiempo que Aritz hubiera podido compartir con él. Cada despedida en la puerta de casa, con la mochila al hombro, el billete de avión en la mano y la sonrisa nerviosa de Peio, dejaba en Aritz una sensación de algo truncado, de una complicidad que apenas tenía tiempo de nacer.

Observaba a Alejandra desde la puerta, con ese gesto de madre orgullosa y protectora, y no podía evitar sentir un ligero rencor disfrazado de cortesía. Pese a todo, ambos hermanos lograron tejer, entre ausencias, una cierta fraternidad hecha de miradas cómplices cuando la madrastra no miraba, bromas privadas que continuaban por correo electrónico y silencios comprensivos compartidos en los pasillos.

Aritz tenía claro que su verdadero padre era su abuelo. Igor había sido quien lo arropaba en las noches de fiebre, quien le había enseñado a montar en bicicleta sujetándole el sillín hasta que se atrevió a soltarlo, y a pronunciar correctamente los nombres impronunciables de algunos reyes medievales que más tarde llenaron su cabeza y sus trabajos.

Aunque la relación con Sancho resultó, con los años, cordial y hasta afectuosa, Aritz tampoco llegó a comprender del todo por qué había abandonado a su madre biológica. Sabía los motivos, los argumentos, las presiones, los miedos, pero le resultaba difícil reconciliar esa explicación con la idea de dejar atrás a un hijo por nacer. Esa pregunta, aunque cada vez menos dolorosa, seguía habitando en algún rincón de su mente, como una piedra que el tiempo ha pulido, suavizando sus aristas, pero no ha disuelto.

El todoterreno se detuvo en la entrada principal del recinto con un chirrido de frenos y el leve chasquido de la grava bajo las ruedas, como un recordatorio brusco de que el presente reclamaba su atención. El motor quedó al ralentí unos segundos antes de apagarse, vibrando tenuemente en el aire.

Tres jóvenes de dieciocho o diecinueve años descendieron del vehículo, estirando las piernas tras el trayecto, acomodando las mochilas sobre los hombros, parpadeando ante la luz exterior. Iban acompañados por Andoni, el jefe de restauración de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, que bajó del asiento del copiloto con su habitual mezcla de desgana aparente y energía interior. Traían mochilas, carpetas, estuches repletos de bolígrafos y metros, y una mezcla de expectación y timidez en la mirada.

Al parecer, eran estudiantes de arquitectura de la Universidad Pública de Navarra y pretendían realizar un estudio exhaustivo sobre el castillo de Góngora. Sus gestos delataban el nerviosismo de quien está ante su primer gran proyecto de campo, se les notaba en la forma de ajustar las correas de las mochilas, en los silencios breves antes de preguntar algo, en la manera de mirar a su alrededor sin saber muy bien por dónde empezar. Sus ojos recorrían los muros con una curiosidad casi táctil, como si ya estuvieran imaginando secciones, alzados y plantas en la mente, traduciendo cada piedra en líneas y medidas.

—Vienen equipados con un escáner de última generación con sonar —explicó Andoni, con un punto de orgullo profesional, como si él mismo lo hubiera inventado—. La idea es obtener un mapeado tridimensional completo para determinar la forma y el diseño.

—Me parece una idea excelente —dijo Aritz, acercándose a ellos. Les estrechó la mano uno a uno, con un apretón firme y cordial, procurando recordar sus nombres y fijándose en la forma en que lo miraban, a medio camino entre el respeto, la curiosidad y esa ligera incomodidad de quien se sabe observado—. ¿Por dónde queréis empezar?

Los dos encargados de la obra ayudaron a los jóvenes a descargar el equipo del maletero. El metal del trípode tintineó ligeramente al desplegarse, marcando un sonido agudo que contrastaba con la gravedad de las piedras. Tras una breve discusión, gesticulada con planos al aire, decidieron que el patio de armas sería el mejor lugar para comenzar el escaneado.

Uno de los estudiantes colocó el aparato sobre el trípode con el cuidado de quien manipula un objeto valioso y ajeno, mientras otro desplegaba una mesa plegable donde situar el ordenador portátil, acomodando el cableado con movimientos rápidos. El tercero comprobaba cables, conexiones y niveles de batería, murmurando términos técnicos en voz baja, como si invocara un conjuro.

Cuando pusieron en marcha el escáner, un zumbido suave llenó el silencio del patio, sumándose al susurro del viento. Una luz giratoria empezó a barrer lentamente las superficies, invisible a simple vista, pero perceptible en la pantalla. Las imágenes captadas comenzaron a mostrarse simultáneamente en el ordenador: líneas, puntos, planos superpuestos que, como por arte de magia, iban componiendo el volumen escondido tras las piedras, revelando desniveles, huecos, trazos que a simple vista pasaban desapercibidos.

—¡Qué pasada! —exclamó Andoni, con genuino entusiasmo, inclinándose hacia la pantalla, admirando la nitidez de las imágenes digitales proyectadas en el monitor—. Ahora dispondremos de un mapeado completo del castillo.

—Es una lástima que se hubiese deteriorado tanto — comentó uno de los alumnos, sin apartar la vista de la pantalla, con un tono a medio camino entre la compasión y el asombro, como si por primera vez comprendiera el peso real del tiempo sobre las cosas.

—Sí que lo es —aceptó Aritz, sintiendo de nuevo aquella mezcla de tristeza y orgullo que le pinchaba suavemente el pecho—. Fue consecuencia del abandono masivo de los pueblos tras la industrialización. Además, en este caso, la construcción de un nuevo palacio renacentista en el siglo XV lo dejó obsoleto. Hubo intentos de seguir dándole uso, ampliando estancias y adaptando espacios a nuevas modas, pero no fue suficiente.

—Pues a mí esos remiendos no me gustan nada — confesó el chico que controlaba el escáner, frunciendo el ceño mientras movía el ratón—. Rompen la pureza del edificio original.

—La mayoría de las edificaciones se levantan sobre restos anteriores —empezó a explicar Aritz, adoptando automáticamente el tono del profesor que disfruta compartiendo su saber, sin darse cuenta de que su voz se volvía un poco más cálida—. Si tomamos como ejemplo las catedrales de la península, muchas se erigieron sobre antiguos templos romanos o musulmanes. Otro motivo de la heterogeneidad estilística es el prolongado proceso constructivo. La falta de fondos o la magnitud de la obra hace que la edificación se prolongue durante años, incluso siglos. Cada época, cada maestro, deja su huella.

—Luego están los añadidos por modas o caprichos —continuó Andoni, entrando en la conversación con naturalidad, apoyando una mano en la mesa—. El arte es algo vivo que cambia con el tiempo. Nobles y altos prelados quisieron adaptar sus edificios a las nuevas tendencias para ostentar poder e influencia, para demostrar que estaban al día.

—Así es —certificó Aritz, asintiendo—. Hoy sucede lo mismo. ¿Quién no moderniza la cocina de su casa?

—¡Yo! —respondió Andoni sin dudar, levantando la mano como un alumno en clase—. Heredé el piso de mi abuela y aún mantengo los azulejos de girasoles y el papel pintado de las paredes.

—Es que tú eres tan antiguo como los objetos que restauras —bromeó Aritz, mirándolo de reojo, con una media sonrisa.

La réplica provocó la risa de los alumnos, una carcajada clara que, durante unos segundos, sustituyó a la solemnidad del lugar y las palabras. El sonido rebotó en las paredes del patio, chocó con las piedras centenarias y pareció mezclarse, por un breve instante, con ecos de voces antiguas, imaginadas o reales.

Andoni trabajaba, junto a su novia Irune, en el laboratorio que la Sociedad de Ciencias Aranzadi —en colaboración con el Gobierno de Navarra—, había equipado en el ala de arqueología de la Universidad Pública. Ambos eran responsables principales de limpiar y catalogar los objetos hallados en las excavaciones y en los trabajos de restauración que la sociedad efectuaba a lo largo de la Comunidad Foral.

Aritz los admiraba por la paciencia infinita con la que se enfrentaban a cada fragmento de cerámica, a cada clavo oxidado, sabiendo que, en conjunto, componían el puzle de una historia mayor. Había visto a Irune pasar horas enteras inclinada sobre una pieza diminuta, quitando motas de tierra con un pincel casi invisible, como si en ese gesto minúsculo se jugara algo trascendental.

—¿Qué es eso? —preguntó de pronto uno de los jóvenes, frunciendo el ceño y señalando con el dedo un punto concreto de la pantalla.

Su compañero amplió la imagen con un par de clics, y el detalle reveló una notable diferencia de grosor entre dos tramos de la misma pared. La irregularidad resultaba evidente incluso para un ojo inexperto: una especie de vientre abultado en la estructura, una anomalía en el dibujo de las líneas. Aritz sintió una corriente de excitación recorrerle el cuerpo, ese presentimiento casi físico de que algo importante se ocultaba tras la aparente rutina del día, una intuición que había aprendido a no despreciar.

Sin decir palabra, entró en el cuarto de herramientas. El olor a hierro, madera y polvo de piedra lo recibió como siempre, denso y familiar, recordándole mañanas de trabajo y tardes de cansancio satisfecho. Tomó una maceta y un cincel, eligiéndolos casi por instinto, guiado por la costumbre. El peso en la mano le resultó reconfortante.

Se aproximó al muro señalado, sintiendo la mirada expectante de los jóvenes en la nuca. Palpó la superficie con la mano, pegando la palma, buscando resonancias, huecos invisibles al ojo. El frío de la piedra le subió por el brazo. Luego colocó el cincel en la junta de una de las piedras y asestó el primer golpe con la maceta. El sonido cambió de inmediato: un eco más hueco que el del muro macizo, un matiz que solo quien ha golpeado muchas paredes aprende a reconocer.

Tal y como sospechaba, se trataba de un falso muro que ocultaba una diminuta estancia. Andoni se unió a él enseguida, contagiado por la misma expectación. Tomó las mismas herramientas sin necesidad de pedirlas y, en pocos minutos, entre ambos abrieron un hueco lo bastante amplio para que una persona pudiera deslizarse al interior. Cada piedra desprendida levantaba una nube de polvo denso que se pegaba a la piel y a la garganta, obligándolos a entrecerrar los ojos y toser, mientras los estudiantes miraban desde atrás, a una distancia prudente, con la emoción contenida de testigos privilegiados.

La «sala» —por denominarla de algún modo— apenas tenía un metro de ancho, por aproximadamente tres metros de longitud y carecía de ventanas. El aire dentro estaba cargado, inmóvil, pesado, como si llevara siglos sin renovarse, comprimido entre las paredes. Esa ausencia de luz explicaba su ocultamiento; desde el exterior, nadie habría sospechado que tras ese muro se escondía algo más que piedra maciza.

En una de las paredes, labrados toscamente pero con una intención clara, había cuatro estantes de piedra repletos de libros encuadernados en piel, de tonos apagados por el polvo y el tiempo, y antiguos rollos de papiro atados con cordeles ennegrecidos. El simple hecho de que hubieran sobrevivido en aquel escondrijo le pareció a Aritz casi un milagro, un acto de desafío discreto contra el olvido.

Mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra de la estancia, sintió un estremecimiento de respeto y emoción, una especie de reverencia muda. Aquello no era solo un hallazgo arquitectónico, era un fragmento de pensamiento, de memoria escrita, que alguien había querido ocultar y preservar a la vez, protegiéndolo de la censura, del saqueo o, simplemente, de la negligencia de los siglos.

        Casi podía imaginar las manos que, en la oscuridad, habían colocado uno a uno aquellos volúmenes sobre los estantes, con prisa y cuidado al mismo tiempo.

—Irune me va a matar —susurró Andoni a Aritz, sin apartar la vista de los estantes, con una mezcla de fascinación y resignación cómica—. Hoy habíamos quedado para que conociera a sus padres durante la comida.


EL CABALLERO DE GONGORA: CAPITULO II

  II año 1.032 d.C. Aritz sentía el frío hasta los huesos en aquel habitáculo oscuro y húmedo que compartía con otros ocho escuderos, como s...