viernes, 1 de mayo de 2026

EL CABALLERO DE GONGORA: CAPITULO II

 

II

año 1.032 d.C.


Aritz sentía el frío hasta los huesos en aquel habitáculo oscuro y húmedo que compartía con otros ocho escuderos, como si una mano invisible le arañara desde dentro. Las paredes de piedra rezumaban humedad, y el aliento de los muchachos, mezclado con el vaho agrio del sueño y del cansancio, formaba una bruma densa que parecía pegarse a la piel.

El viejo jubón sobre el que dormía, relleno de paja y confeccionado con retales de sacos de harina gastados, tenía más agujeros que el muñeco con el que practicaban tiro con arco. Por aquellos boquetes se colaban las briznas de paja, ásperas como pequeñas astillas, que se le clavaban en la piel desnuda de la espalda y las piernas, impidiéndole conciliar el sueño. Se revolvía una y otra vez, notando cómo cada movimiento empeoraba la punzada, hasta que terminaba inmóvil, tiritando, con los dientes castañeteándole en la oscuridad.

Esa era otra de las razones —no la única, pero sí una que cobraba fuerza cada mañana— por las que Aritz se esforzaba por llegar a ser infantón o caballero. No era solo el honor, la espada o el caballo lo que anhelaba, era también la promesa de un mínimo de dignidad. Si lo lograba, dispondría de un cuarto propio —aunque fuera la mitad de grande que aquel cuchitril—, pero, al menos, no tendría que soportar ronquidos ajenos, malos olores que se le metían en la nariz como una bofetada ni orinales compartidos en los que el hedor del amanecer se mezclaba con el de la noche anterior. Soñaba con un lugar donde el silencio no fuera un privilegio, donde la oscuridad no estuviera poblada de sombras ajenas.

Un brazo sucio, colgando inerte de la litera superior, se balanceaba justo encima de su rostro. La manga, rígida por el sudor seco y la mugre, rozaba de vez en cuando su mejilla. Aritz, cansado de los pinchazos, del frío y de todo, lo agarró con fuerza, con un gesto brusco en el que descargó algo de la rabia acumulada. El ocupante del camastro de arriba cayó al suelo con un ruido seco, entre un gruñido ahogado y el golpe sordo de un cuerpo adormilado.

El joven de rizos morenos al que había tirado no dio muestras de queja alguna; solo se encogió sobre sí mismo, se giró y trató de volver a sumergirse en el sueño, como si la caída formara parte de una costumbre ya asumida.

—Andoni —dijo Aritz, esta vez zarandeándolo con energía, clavándole los dedos en el hombro.

El otro entreabrió un ojo pesadamente, como si le costara arrancarse de las últimas migajas de descanso. Al comprobar que no tenía intención de levantarse, que sus párpados volvían a cerrarse con obstinación, Aritz apretó la mandíbula, se incorporó y cogió la jarra de barro con la que se aseaban por las mañanas. Sin dudarlo, vertió su contenido sobre él.

El agua helada empapó al muchacho de golpe, arrancándole el sueño de cuajo. Andoni se incorporó de un salto, chorreando, con la camisa pegada al cuerpo, y le miró con enfado, los labios apretados, los rizos oscuros adheridos a la frente.

—Ponte el abrigo y vamos. Está a punto de amanecer —le indicó Aritz al desdichado, mientras él mismo se enfundaba la ropa con manos torpes por el frío, ocultando bajo la prisa una ligera sonrisa de satisfacción.

Andoni masculló algo ininteligible, quizá una maldición, quizá una protesta, pero se puso en pie. El suelo de piedra, helado, le mordió las plantas descalzas hasta que alcanzó las botas. Ambos se vistieron en silencio, acostumbrados a aquella rutina clandestina, guardando en los gestos la complicidad de quienes saben que cada escapada al alba es una pequeña conquista.

Salieron de la estancia por un estrecho ventanuco sin puerta, un hueco en el muro que hacía las veces de salida para quienes no querían despertar a nadie. Tuvieron que agacharse, doblando la espalda, y el roce de la piedra fría les arrancó alguna fibra de lana del abrigo.

Al otro lado, las primeras luces del alba asomaban tímidas en el horizonte, tiñendo de gris azulado las sombras. La escarcha propia de aquel frío mes de marzo cubría la hierba que rodeaba el castillo, quebradiza como vidrio bajo sus botas. Cada pisada dejaba una huella oscura y un crujido tenue que rompía el silencio de la mañana. Una densa niebla se posaba sobre las copas de los árboles cercanos, difuminando sus siluetas, como si todo el bosque estuviera envuelto en un sueño del que aún no lograse despertar.

Los dos jóvenes se adentraron en él, encogiéndose dentro de sus capas, con las manos hundidas en las mangas, dispuestos a cumplir el rito diario de revisar y volver a instalar las numerosas trampas con las que lograban atrapar conejos, pájaros o cualquier otro desdichado animal que cayera en ellas. Se separaron, siguiendo cada uno sendas diferentes apenas visibles entre helechos y raíces, ya grabadas en sus pies y en su memoria.

Aritz se movía con atención y soltura, reconociendo árboles, piedras y claros como si fueran viejos conocidos. Aquella tarea, humilde y furtiva, era su forma de desafiar la escasez. Con cada presa obtenida, se aseguraban un desayuno mejor que el que el castillo les proporcionaba.

Aquella mañana habían sido afortunados. El olor a monte húmedo, a tierra fría, se mezclaba con el metálico de la sangre reciente. Aritz llevaba dos conejos colgando por las patas traseras, aún tibios, y un urogallo sujeto por las alas, con el plumaje apagado por el rocío. El peso le tiraba del brazo, pero también le producía una satisfacción íntima. Aquella mañana había valido la pena el frío y el sueño robado.

Iba de camino al viejo roble donde solía reunirse con Andoni antes de regresar al castillo, cuando el sonido de una voz, grave y cortante, lo obligó a volverse, como si alguien hubiera tensado de golpe una cuerda invisible unida a su espalda.

—¿Qué haces por aquí, muchacho?

El corazón de Aritz dio un vuelco tan brusco como inesperado. Las presas se le resbalaron de las manos y cayeron al suelo entre hojas secas y barro. Al alzar la vista, se encontró frente a Sancho, el señor del castillo.

La sola presencia del noble llenaba el claro; un hombre de elevada estatura, con una espesa mata de pelo rubio castaño que le caía hasta los hombros, levemente ondulado, y un tupido bigote que le cubría media nariz y la boca, ocultando casi por completo cualquier gesto que pudiera suavizar su semblante. Sus ojos, de un azul oscuro y penetrante, parecían evaluar y pesar todo lo que miraban. Con paso firme, sin prisas, se acercó y lo observó directamente, de arriba abajo, como quien examina una pieza de armamento en busca de fisuras.

—¿Qué edad tienes? —preguntó con tono autoritario, sin rastro de cordialidad.

Aritz sintió la tentación instintiva de agachar la cabeza. Era lo que hacían todos. Pero apretó los labios, tensó la espalda y mantuvo la mirada, como le había enseñado su abuelo Igor, consciente de que cada gesto contaba.

—Este ha sido mi décimo noveno invierno, señor — respondió, procurando que la voz no le temblara.

Sancho inclinó apenas la cabeza, calculando, como si contara mentalmente batallas posibles, años de servicio, heridas aún por recibir.

—¿Y qué tal te defiendes con la espada? —inquirió, sin apartar los ojos de él.

—Bastante bien, señor, o al menos eso es lo que afirma el maestro armero Eneko.

Al pronunciar el nombre de Eneko, dejó que se filtrara en la frase una pizca de orgullo. No era vanidad, era la constatación de muchas horas de entrenamiento, de manos ensangrentadas de tanto empuñar el arma.

—¿Y ya has entrenado con cota de malla? —volvió a preguntar el noble, esta vez con un matiz distinto en la voz, un verdadero interés que hizo que el pecho de Aritz se encogiera, esperanzado y alerta al mismo tiempo.

—Todavía no dispongo de una, mi señor —replicó Aritz con humildad, agachando brevemente la cabeza. Pronunciar ese «todavía» fue casi un acto de fe.

Sancho entrecerró los ojos, como si midiera la robustez de sus hombros, la anchura de su pecho, la firmeza de sus brazos.

—Pues ya tienes edad y cuerpo para ella —comentó al fin, dándose la vuelta con naturalidad, como si dictar el destino de un hombre fuera un detalle más en su jornada—. Hablaré con tu instructor y daré orden de que te acondicionen una. Necesito hombres jóvenes y fuertes que refuercen mis tropas.

No añadió nada más. Sin despedida, sin gesto de aprobación, se alejó por el sendero que conducía de vuelta al castillo. Sin embargo, en el balanceo de su capa y en la sola promesa de sus palabras iba contenida una puerta que se abría.

Aritz se quedó unos instantes inmóvil, sintiendo cómo el frío cedía, no porque el aire fuese más templado, sino porque una ola de calor, mezcla de orgullo y vértigo, le había subido desde el pecho hasta el rostro. Entonces apoyó las manos sobre la rugosa corteza del roble y cerró los ojos un segundo, respirando hondo. La aspereza de la madera bajo sus palmas le proporcionó una especie de anclaje. Sentía, de algún modo profundo e inexplicable, que estaba verdaderamente ligado a aquel árbol centenario, como si de sus raíces ascendiera una fuerza que se mezclaba con su propia sangre.

En el castillo circulaban rumores —susurros que había oído desde niño— de que su madre, Maider, se había reunido allí con el señor cuando eran jóvenes, yaciendo sobre la tierra y las raíces, entregándose uno al otro con la misma libertad con que la lluvia cae sobre el bosque. Su abuela le contaba, en las noches de invierno, que el árbol le había proporcionado fuerza y estatura, y que allí fue donde su madre le dio a luz, entre jadeos y susurros, mientras el viento agitaba las ramas como si cantara un antiguo canto de bienvenida. Después, decía la anciana, Maider enterró la placenta bajo el tronco en señal de agradecimiento, devolviendo a la tierra una parte de aquella vida nueva. Cada vez que Aritz escuchaba esa historia, sentía que el roble era algo más que un árbol; era testigo y guardián de su origen, un abuelo silencioso que lo había visto llegar al mundo.

Un feroz gruñido lo obligó entonces a desviar la mirada hacia la espesura del bosque. No era el ladrido de un perro, ni el crujir de una rama partida por el viento. Era un sonido gutural, vibrante, que contenía una amenaza nítida, salvaje. Entre los matorrales, apenas a unos pasos, distinguió la figura de un lobo blanco que lo observaba con ojos claros y desafiantes. La niebla, a su alrededor, realzaba aún más el brillo de su pelaje, casi luminoso en la penumbra del bosque. El animal mantenía la cabeza baja, el lomo tenso, pero no se lanzaba. Sus ojos, de un tono pálido, se clavaron en los de Aritz.

Sin mostrar temor, o al menos sin permitirse exteriorizarlo, el joven dio un paso adelante. Notó un nudo en el estómago, el corazón golpeándole en las costillas, pero no retrocedió. Se acercó al animal sin apartar la vista de él, consciente de que cualquier gesto brusco podría desencadenar un ataque, pero también impulsado por una extraña fascinación. En aquella mirada azul pálido había algo que le resultaba familiar, casi humano, como si el lobo reconociera en él algo más que carne.

—¡Fuera! —gritó en ese momento Andoni, irrumpiendo desde la maleza con una larga vara de madera en la mano, que blandió en el aire con torpeza, pero con firme determinación.

El lobo se dio la vuelta con una agilidad elegante, silenciosa, y desapareció entre la vegetación, deslizándose entre los arbustos como una sombra que se deshace. Solo quedaron, flotando en el aire, el olor a animal y la imagen fugaz de sus ojos.

Andoni dejó caer el palo al suelo, respirando con fuerza, y se acercó a recoger las presas que Aritz había arrojado al encontrarse con el señor. Sus manos se movían rápidas, pero sus ojos no perdían de vista a su amigo, cargados de reproche.

—¿Qué estabas haciendo? —le espetó, con la voz entre irritada y asustada—. Si esa bestia te llega a morder, podría haberte transmitido la rabia, y no me habría gustado tener que cortarte la cabeza mientras echabas espuma por la boca.

En su intento de broma había más miedo que humor. Su mirada temblaba levemente, revelando la imagen que su imaginación había dibujado: Aritz retorciéndose, fuera de sí.

—No tenía intención de atacarme —replicó Aritz, convencido. Aún sentía el peso de aquellos ojos sobre los suyos y, en ellos, no había visto hambre, sino una especie de curiosidad salvaje.

—Fue una imprudencia ¿pretendías tocar a un lobo salvaje? —respondió Andoni, encogiéndose de hombros —. Mejor regresemos. Ya asoma el sol y no quisiera que los otros escuderos nos descubran con la caza y pretendan que compartamos el almuerzo con ellos.

En esa última frase asomó, por fin, una chispa de su carácter habitual, práctico y burlón. Los dos muchachos, cargados con el fruto de sus trampas, retornaron al castillo por el sendero marcado en la hierba. El sol, liberándose de la niebla, comenzaba a teñir de oro las piedras de la muralla. Sus pasos eran ligeros, impulsados por la perspectiva de los alimentos que les aguardaban.

Al llegar, se dirigieron directamente a las cocinas, donde el calor del hogar los recibió con un abrazo inmediato, arrancándoles de los labios un suspiro casi simultáneo. Tras la crudeza del aire exterior, allí dentro olía a pan, a caldo y a humo de leña, un olor que Aritz asociaba con la infancia y con su madre.

Ibai, el viejo mayordomo, de espalda encorvada y manos nudosas, tomó las presas con la eficacia de quien lleva años haciendo lo mismo. Apenas dedicó un gruñido de aprobación y las guardó en la despensa, sabiendo que su origen debía permanecer discreto. Mientras tanto, ellos se sentaban a la mesa, en un rincón recogido, para degustar el suculento almuerzo que la madre de Aritz tenía ya preparado.

Maider, una mujer menuda de piel morena, ojos oscuros y vivos, y manos siempre en movimiento, los observaba devorar el plato de huevos fritos y carne de ciervo estofada con una mezcla de ternura y resignación. Veía cómo el hambre de sus hijos —porque Andoni, aunque no lo fuera de sangre, también era de los suyos— se manifestaba en bocados grandes, en salsas rebañadas con pan hasta dejar el plato reluciente. Mientras tanto, ponía a calentar en el fuego un cazo con leche fresca, moviéndolo con gesto atento para evitar que se pegara al fondo. Era la cocinera mayor del castillo —como lo había sido antaño su madre—, y se movía por la cocina como por un territorio sagrado, donde cada cuchara tenía su lugar y cada olor, su memoria.

Había nacido allí mismo, junto a la chimenea, cuando la abuela de Aritz se puso de parto mientras amasaba el pan, hacía ya treinta y siete primaveras. Aritz imaginaba a menudo aquella escena: la masa a medio trabajar, la harina en el aire, el sudor en la frente de su abuela y el primer llanto de su madre mezclándose con el chisporroteo del fuego. La cocina no era solo su lugar de trabajo; era su cuna, su mundo.

Todos en el castillo sabían que Aritz era hijo natural del señor Sancho, y no únicamente por aquel romance del pasado, que se murmuraba a media voz en corrillos de criadas y mozos de cuadra. Bastaba contemplar el pelo rubio, los ojos azul oscuro y la mandíbula cuadrada de ambos para sospechar la filiación. Los rasgos de Sancho se repetían en el muchacho con una claridad que desmentía cualquier intento de negación. Algunos bajaban la vista cuando los veían juntos; otros intercambiaban miradas rápidas, cargadas de juicios. Aritz había aprendido a fingir que no se daba cuenta, aunque cada mirada era como una astilla más en su orgullo.

Con la llegada de Alejandra, la noble francesa que se convertiría en esposa y señora de la casa, todo cambió. No solo terminó el romance entre sus progenitores; aquella mujer alteró por completo la vida en el castillo, como un viento que entra en una estancia cerrada y descoloca todo lo que encuentra. No vino solo con sus joyas, sus vestidos elegantes y su refinada educación, que a los ojos de muchos parecían casi un disfraz. Alejandra impuso normas y protocolos que acentuaron la distancia entre siervos y señores, algo que no se practicaba en el feudo. Donde antes había saludos cercanos y palabras cruzadas sin demasiada ceremonia, se instauraron cortesías rígidas, silencios desconfiados y reverencias que pesaban como cadenas.

Durante años, la convivencia había sido cercana y cordial. Los señores disponían, sí, pero mostraban interés por el bienestar de todos, se mezclaban en el patio, escuchaban quejas y celebraban las buenas cosechas con el pueblo. Con Alejandra quedó patente su pertenencia a una clase superior. Estableció jerarquías meticulosas, casi como si ordenara piezas en un tablero; desde los amos de la casa hasta la doncella encargada de vaciar los orinales. Cada uno tenía su lugar, sus permisos y sus prohibiciones. Los que antes entraban y salían del gran salón con naturalidad, ahora evitaban cruzar sus puertas.

La mujer también trajo consigo a un monje de la orden de Cluny, Arnaud, empeñado en imponer la fe católica a los habitantes del lugar. Su presencia, con su hábito oscuro y su mirada inquisitiva, fue al principio motivo de curiosidad y recelo a partes iguales. Algunos acogieron con agrado la nueva religión; encontraban consuelo en las historias de un Dios único que se hizo hombre en tierras lejanas, en las promesas de salvación y en la solemnidad de los cantos. Pero la mayoría continuó practicando ritos heredados, basados en el contacto directo con la naturaleza, con los bosques, las fuentes y las montañas, más que en la creencia en ese Dios único. En las noches de luna llena seguían encendiendo velas en los claros del bosque; en las tormentas seguían murmurando los nombres antiguos que sus abuelos les habían enseñado.

El monje Arnaud, pese a su misión evangelizadora, aportó también a aquellas tierras algo que pocos se atrevieron a despreciar: conocimiento y escritura. Trajo numerosos libros, cuyo olor a pergamino y tinta impregnó por primera vez algunas estancias del castillo. Asumió los registros y la administración, con una minuciosidad que no dejaba cabos sueltos, e impartió educación a un selecto grupo de aprendices pertenecientes a las familias más nobles del señorío de Góngora. Aritz, que veía aquellos volúmenes como tesoros, recordaba el primer día en que rozó las letras con la yema de los dedos, sintiendo que allí se escondían mundos enteros.

Igor, el viejo señor y padre de Sancho, detestaba muchos de los cambios que imponía aquella «hija de Odei» —así la llamaban algunos campesinos a espaldas de ella, aludiendo al genio malévolo de la mitología vasca—. Le enojaban su altivez, su manera de mirar a la gente del lugar como si fueran muebles útiles pero prescindibles, y le irritaba su empeño en diluir las antiguas costumbres entre plegarias latinas.

Como apoyo a quienes llamaban a Alejandra igual que al genio de los infortunios, el anciano clavó un hacha corta en la puerta de sus aposentos, un rito cuya función era ahuyentar a Odei para evitar su tormento, y amenazó con cortar la mano de quien osara retirarla.

Sin embargo, pese a la oposición abierta hacia su nuera, no podía desdeñar el valor del saber que traía el monje. Sabía, en lo más hondo, que aquel conocimiento era un arma tan poderosa como la espada. Fue por eso por lo que exigió que Aritz, que entonces contaba con cinco años, tuviera acceso a la instrucción.

—¡Es un bastardo! —protestó Alejandra, con el rostro encendido, cuando el anciano discutía el asunto con su hijo. Sus manos finas se crispaban sobre los pliegues del vestido, incapaces de ocultar la furia.

—¿Bastardo? —replicó Igor, enderezando la espalda, clavando en ella unos ojos que aún conservaban el brillo de los tiempos en que cabalgaba a la guerra—. ¡Jamás se había usado esa palabra bajo este techo! —Alzó la voz con tal fuerza que la mujer dio un paso atrás, asustada—. Ese niño es tan nieto mío como el tuyo.

El viejo señor no toleraba que se pusiera en duda la sangre que corría por las venas de Aritz, y menos con un término que manchaba no solo al muchacho, sino también su propia autoridad.

—Si Sancho accede a que sea educado por mi monje —exigió Alejandra, aferrándose al único terreno que creía poder dominar—, deberá ser por separado del mío.

Su voz sonaba helada, pero en el fondo se adivinaba el miedo; miedo a que su hijo compartiera demasiado con aquel otro; miedo a que alguien pusiera en cuestión quién debía heredar qué.

—Totalmente de acuerdo —aceptó Igor con una sonrisa falsa, tensa como una cuerda—. No quisiera que se volviera un blandengue como tu retoño.

La frase cayó entre ellos como un hachazo. Alejandra enmudeció, herida en su orgullo de madre, y se mordió el labio para contener una respuesta que habría empeorado aún más la situación.

Así tuvo Aritz acceso a la cultura. Aprendió a leer y a escribir en latín y griego, adquirió conocimientos de matemáticas, de historia y de ciencias. Se mostró aplicado, con una avidez que sorprendió incluso al propio Arnaud. Su mente absorbía lo que le enseñaban con una rapidez casi insultante para otros muchachos nobles, acostumbrados más al ocio que al esfuerzo. Pronto conquistó el aprecio del maestro, tanto que este propuso que fuera enviado al monasterio de Leyre, pues veía en él el potencial necesario para hacerse monje y avanzar en los estudios como pocos podrían hacerlo.

Cuando Igor lo supo, se enfureció de inmediato, convencido de que se trataba de una nueva estratagema de su nuera para apartar al muchacho del castillo, para quitarlo de su lado y de la órbita de Sancho. La ira del anciano fue tan violenta que tuvieron que intervenir cuatro hombres robustos para separarlo de Alejandra y evitar que la estrangulara allí mismo, en medio de gritos y maldiciones en euskera que la francesa apenas comprendía, pero cuyo tono bastaba para helarle la sangre.

El incidente dejó una marca profunda en la vida del castillo. Poco después, la mujer decidió exiliarse con su hijo durante dos años a Poitiers, donde sus padres poseían una lujosa residencia próxima a la de los duques de Aquitania. Se marchó llena de rencor, llevándose consigo a Peio y un cortejo reducido, pero selecto.

Durante esos años, Aritz no fue enviado a Leyre. Sancho, presionado por su padre y quizá movido por un afecto que nunca se atrevía a confesar abiertamente, prefirió que continuara sus estudios en el castillo y, al mismo tiempo, reforzó su entrenamiento militar. El muchacho creció entre libros y espadas, entre latín y acero.

Aunque por un tiempo pareció restablecerse la paz en el castillo, el regreso de Alejandra fue como la reaparición de una tormenta largamente contenida. Volvió más exigente y mordaz, con una mirada aún más fría, justo cuando la gente del lugar estaba más desprotegida. Sancho acompañaba en esos momentos al rey de Pamplona en Castilla —la muerte del heredero en León lo había convertido en regente—, e Igor llevaba semanas postrado, consumido no solo por la edad, sino por un flechazo recibido en el pecho durante una incursión en tierras árabes, herida que se había complicado con una fuerte neumonía el invierno pasado. El anciano respiraba ya con dificultad, y sus órdenes tenían menos peso que las decisiones diarias de quien controlaba llaves y puertas. Por todo ello, el poder efectivo del castillo quedó en manos de su señora.

Aritz contaba ya quince años cuando Alejandra volvió. Lo primero que ordenó la mujer fue prohibir que el monje Arnaud continuara instruyéndolo. Con unas cuantas palabras le arrebató los pergaminos, las horas junto a las velas, las discusiones sobre héroes antiguos. Redujo su condición de potencial infantón a la de un escudero más entre muchos, cargándolo con nuevas tareas: limpiar establos, sacar estiércol, recoger leña en los bosques en días de lluvia, acarrear cubos de agua helada desde el pozo.

Quiso cubrir de barro y cansancio aquello que el conocimiento había empezado a elevar.

Pese a ello, tanto el monje como el maestro de armas —que admiraban sus capacidades y veían en él algo que iba más allá de su origen— buscaron modos de sortear la orden de su señora. Se encontraban en rincones apartados, en la penumbra de una estancia vacía, en un sorbo de tiempo robado a las tareas, y continuaron ejerciendo como sus tutores; uno con la espada, el otro con la pluma. Aquellos encuentros clandestinos fueron la verdadera escuela de Aritz, donde entendió que el valor residía tanto en resistir una embestida como en mantener viva la mente.

Cuando el señor Sancho regresó, ya endurecido por la guerra y las responsabilidades de la regencia, no pudo persuadir a su esposa de que Arnaud reanudara abiertamente la enseñanza del joven, pero sí logró que Aritz retomara con mayor intensidad la formación militar. Sabía que, si no le concedían los libros, al menos le quedaría el acero. Y hoy, por fin, bajo el viejo roble, había ordenado que comenzara a practicar con la cota de malla, un paso decisivo para llegar a ser algún día caballero.

Ese era el único espacio que compartía con su hermanastro Peio: el patio de armas, las lecciones de Eneko, el sudor derramado en la arena.

Peio era dos años menor que Aritz y, pese a los obstáculos que la madrastra interponía constantemente para tratar de separarlos —miradas de advertencia, horarios distintos, tareas diferenciadas—, la camaradería fomenta- da por el maestro de armas propiciaba cierto entendimiento entre ambos. Compartían golpes, caídas, esfuerzos y también alguna risa ahogada.

Si a la vista de Aritz se daba por sentada su filiación con Sancho, quien se cruzara con Peio —con su pelo cobrizo, casi rojo al sol, sus ojos azul claro, limpios como agua de arroyo, y las pecas que le salpicaban la nariz y las mejillas— no dudaba de quién era su madre. Cada uno llevaba en el rostro la marca de quien le había dado la vida, como si el destino quisiera escribir en la piel lo que algunos intentaban borrar con palabras.

Tras terminar el almuerzo y beber de dos tragos un generoso tazón de leche con miel, que les dejó un rastro dulce y caliente en la garganta, Aritz y Andoni se dirigieron al patio de armas. El aire allí olía a sudor, cuero y hierro. Nada más llegar, el instructor, con su voz ronca y mandona, ordenó que Aritz fuera a la armería para que lo equiparan con su nuevo atuendo de combate.

Dos compañeros se acercaron para ayudarle. Primero le colocaron el gambesón, una especie de jubón acolchado, grueso y pesado, que envolvía el torso y los brazos. Al ceñírselo, sintió cómo el cuerpo quedaba comprimido, protegido, pero también menos libre. Aquel acolchado debía amortiguar el roce de los anillos de la cota y parte de los golpes, pero, mientras lo ajustaban, Aritz tuvo la sensación de que lo estaban cosiendo dentro de una prisión blanda.

Finalmente, le ajustaron la cota de malla, que descendió sobre sus hombros con un sonido de cadenas entrechocando. Los miles de anillos de hierro, fríos al contacto, se fueron asentando sobre el gambesón. La aseguraron con un grueso cinturón de cuero alrededor de la cintura, que tiraba de la cota hacia arriba para que no le pesara tanto sobre las caderas.

Aritz sintió como si llevara dos fardos de paja en cada brazo y veinte kilos de leña sobre los hombros. Cada respiración parecía requerir más esfuerzo y, al intentar mover los brazos, notó el tirón metálico que le recordaba, a cada gesto, la carga que ahora llevaba. El gambesón entorpecía sus movimientos, y el peso de la cota lastraba aquella ligereza en el ataque y la rapidez en los pies que tanto valoraba su instructor. De pronto, el cuerpo que hasta entonces se había sentido ágil en el combate se transformaba en algo torpe, embotado.

Al salir de la armería, aún adaptándose al nuevo peso, recibió por sorpresa un empujón por la espalda que lo hizo caer de bruces al suelo. La caída fue más lenta de lo que habría sido sin la armadura, pero el impacto se sintió igual de brusco. La cota resonó con un tintinear apagado contra la tierra compactada.

—Ahora pareces un saco de patatas, hermanito — bromeó Peio, que se había divertido dándole el empujón, con una sonrisa amplia que le iluminaba las pecas.

Aritz notó la dificultad para incorporarse con aquel equipo. Intentó primero apoyarse en las manos, pero le pesaban como si estuvieran hechas de hierro. Se dio la vuelta con torpeza, resoplando. La humillación del momento — los ojos de los otros escuderos, la risa contenida— le ardía un poco en las mejillas, pero no alcanzaba a convertirse en ira. Al fin, el pelirrojo le tendió la mano, con gesto espontáneo, y lo ayudó a ponerse en pie. En aquel apretón, breve pero firme, había más fraternidad que burla.

El maestro de armas, observándolo, lo apartó a continuación del grupo para enseñarle a moverse con aquella protección. Lo miró como quien evalúa un caballo al que se le ha añadido una nueva carga, con la determinación de que aprendiera a usarla en su favor.

Aritz fue, poco a poco, familiarizándose con el peso. Cada giro de cadera, cada estocada, cada paso lateral requería un esfuerzo consciente y nuevo. Comprobó si lo aprendido hasta entonces podía aplicarse embutido en aquella prisión de lana y hierro. Sus músculos comenzaron a protestar pronto; los hombros ardían, las piernas se le volvían de plomo. El sudor le corría por la espalda, atrapado entre el gambesón y la piel, y sentía cómo le empapaba hasta el cinturón.

Fue el día más duro y agotador de toda su instrucción. Las horas se alargaron bajo el sol creciente, que iba calentando el metal hasta que, por momentos, parecía arderle sobre los hombros. Cuando, al final de la jornada, los escuderos le ayudaron a despojarse de la armadura, notó cómo la cota se desprendía de él con un sonido de lluvia de hierro. Sus músculos se relajaron, por fin, tras horas de esfuerzo constante. La sensación de ligereza fue casi mareante. Se sentía exhausto, pero también extrañamente satisfecho: había sobrevivido al primer día bajo aquel peso, y eso significaba que podía soportarlo.

El sol casi se había ocultado cuando salió de las cocinas tras una merecida cena. La luz del crepúsculo teñía las piedras del castillo de tonos anaranjados y violetas, anunciando la llegada de la noche. Estaba ansioso por tumbarse en su jubón, tan cansado que estaba seguro de que ni siquiera sentiría los pinchazos de la paja del relleno. Cada músculo de su cuerpo suplicaba descanso. Pero había algo más que debía hacer antes de entregarse al sueño, una obligación íntima que se había convertido, casi sin darse cuenta, en parte de su vida diaria.

Entró en la despensa, donde el olor a carne ahumada y hierbas secas llenaba el aire. Apartó con cuidado uno de los sacos de harina, dejando una leve nube blanca en el ambiente, y, en el pequeño hueco que quedaba al descubierto, tomó un viejo libro encuadernado en piel de caballo, oculto tras él. Sus dedos rozaron el cuero con delicadeza, como si se tratara de algo vivo.

Junto a este había otro volumen más pequeño. Allí, el monje Arnaud solía depositar nuevos textos para su formación, como quien deja migas de pan a un niño para que encuentre el camino. Sin embargo, aquel día tan agotador no era para lecturas nuevas; solo sentía fuerzas para continuar un viaje ya comenzado, de modo que dejó el nuevo libro en su lugar y volvió a mover el saco de harina para ocultarlo.

Salió de las cocinas con el tomo grueso protegido bajo la capa y subió en silencio a los aposentos del viejo señor. El corredor estaba en penumbra, iluminado solo por algunas antorchas que proyectaban sombras largas y vacilantes en las paredes. Antes de entrar, no pudo evitar mirar el hacha clavada en la puerta, oxidada ya en parte, pero firme. Era un símbolo, inamovible pese al poder de Alejandra, un recordatorio mudo de que, mientras esa arma siguiera allí, Igor seguía siendo el verdadero dueño de aquel espacio.

El anciano estaba tumbado en el camastro. No dormía. Sus ojos, hundidos, pero aún vivaces, se volvieron hacia la puerta en cuanto Aritz entró. Había acercado un taburete a la cabecera y encendido una vela en el alféizar de la ventana. La pequeña llama danzaba, proyectando sombras temblorosas sobre las arrugas del rostro, que parecían aún más profundas bajo aquella luz incierta.

Aritz entró sin mediar palabra, con la naturalidad de quien ya ha repetido esa visita muchas veces. Se sentó en el taburete, abrió el libro grande y comenzó a leer «la Ilíada», prosiguiendo en la página donde la había dejado la noche anterior. La voz del muchacho, ronca por el cansancio, pero firme, empezó a llenar la estancia con nombres de héroes, dioses y batallas lejanas.

Aritz, con su dominio del griego, traducía al euskera conforme leía. Las palabras antiguas fluían por su boca y se transformaban en sonidos familiares, cercanos, que el anciano podía saborear. Igor escuchaba atento, con la boca entreabierta y los ojos fijos en un punto del techo, como si ahí arriba pudiera ver a Aquiles, a Héctor, a los navíos que ardían. Solo interrumpía cuando alguna frase o palabra le resultaba oscura.

—¿Qué quiere decir exactamente con eso de «cólera funesta»? —preguntaba—. ¿Dónde quedaba esa ciudad que mencionas?

El muchacho no solo aclaraba las dudas, sino que le ofrecía un contexto histórico y mitológico, además de aquellas reflexiones filosóficas que el texto suscitaba. A veces se detenía para explicar quién era tal dios, por qué se enemistaban entre sí o cómo las decisiones de los hombres se entrelazaban con los designios de los inmortales. En esas pausas, sus ojos brillaban con una pasión distinta de la que mostraba en el patio de armas.

—¡Qué gran obra escribieron esos griegos! —exclamó Igor en un momento dado, con verdadera admiración, dejando escapar un suspiro que mezclaba el asombro con cierta nostalgia por batallas que ya nunca libraría.

Un repentino ataque de tos lo obligó a incorporarse un poco para respirar mejor. La tos le sacudía el pecho como un tambor roto. Aritz le dio unos golpes suaves en la espalda, con la mano abierta, tratando de aliviarlo, y luego sacó un pequeño frasco que ocultaba en los calzones, dándole a beber unas gotas con sumo cuidado.

—Tú sí que sabes cuidarme, hijo —dijo el anciano, agradecido, cuando el ardor de la garganta se hubo calmado—. No como la bruja gabacha que ha traído la hija de Odei para atenderme.

El frasco contenía hidromiel. Muchas veces Aritz dudaba de si Igor necesitaba realmente toser o si parte de esos ataques eran, en el fondo, una excusa para saborear aquel antiquísimo licor que le calentaba la garganta y el ánimo. Pero le agradaba complacer al viejo, lo necesitara o no. Saberlo contento le aligeraba el corazón.

Ambos miraron por la ventana hacia el viejo roble, que se recortaba, oscuro y majestuoso, contra el cielo del anochecer. Vieron a Maider aproximarse al árbol, envuelta en un abrigo sencillo, y depositar una vela encendida bajo el tronco. La pequeña llama quedó allí, temblando al pie de las raíces, como una estrella caída en la tierra.

—Ojalá fuera tu madre la que se hiciera cargo de mí —se lamentó Igor, con una voz en la que resonaba un cansancio que iba más allá de lo físico—. Ella sí es una verdadera mujer de nuestro pueblo, que se mantiene firme a nuestras tradiciones.

Aritz apretó los labios. Sabía que su madre había acudido al árbol para agradecer su progreso en la formación como caballero, para dar gracias por aquella cota de malla que lo acercaba a un sueño largamente acariciado. Pero también creía, con una certeza íntima, que pedía protección para él, por si algún día llegaba a ser uno de esos hombres que cabalgan a la guerra sin saber si volverán. En aquella vela se condensaban las esperanzas y los temores de Maider.

—Deberías escribir historias como estas, hijo —dijo Igor tras un silencio lleno de chasquidos de leña y respiraciones lentas—. Historias sobre nuestros dioses y los héroes del pasado.

Sus ojos se volvieron hacia Aritz con una intensidad que hacía que sus palabras pesaran más que cualquier orden dada en el patio de armas.

—Te prometo que algún día lo haré, abuelo —respondió Aritz, sin vacilar.

El viejo le había pedido que lo llamara así, y Aritz lo hacía de corazón. En aquel término, tan sencillo, se condensaban años de protección, de disciplina férrea, de gritos en el patio y de caricias discretas, de comidas compartidas y secretos guardados. Igor había sido quien verdaderamente lo quiso, imponiéndole, eso sí, una rigurosa disciplina militar, pero alternándola con verdaderas muestras de amor y cariño: una mano en el hombro tras una buena jornada, una mirada de orgullo contenida, un consejo murmurado al oído cuando nadie más escuchaba.

Cuando la voz de Aritz comenzó a aflojarse por el cansancio y los párpados de Igor se hicieron pesados, el joven cerró el libro con cuidado. Besó la frente del anciano, sintiendo bajo los labios la piel caliente y frágil, marcada por el tiempo. Después dejó el taburete junto a la ventana, como hacía siempre, para que la doncella no sospechara su presencia al día siguiente al entrar en la estancia. Era un pequeño gesto de prudencia en una vida en la que demasiadas cosas debían ocultarse.

Tras apagar la vela con un suave soplo, que dejó en el aire un tenue olor a cera quemada, salió en silencio y regresó al habitáculo de los escuderos. Mientras avanzaba por los pasillos oscuros, con el cansancio pesándole en cada paso, sentía, sin embargo, que el día no había sido solo una sucesión de fatigas, sino también de señales: el encuentro con Sancho, el lobo blanco, la cota de malla, la vela en el roble. Todo ello se mezclaba en su mente como piezas de un destino que empezaba, poco a poco, a tomar forma.

Cuando, por fin, se tumbó sobre el jubón relleno de paja, las briznas volvieron a clavarse en su piel, pero esa noche apenas las notó. El sueño lo envolvió con la misma contundencia con la que la cota de malla lo había hecho horas antes.


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EL CABALLERO DE GONGORA: CAPITULO II

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